Manolo Santana, 80 años de tenis

Antonio Arenas Noticias Mutua

10 de mayo de 1938. Fue el día que llegó al mundo un pequeño que creció en el seno de una familia afincada en la madrileña calle de López de Hoyos, en una casa en la que hasta doce familias compartían un mismo cuarto de baño. Probablemente nadie podía imaginar que aquel niño de entorno humilde se convertiría en un icono del tenis español. En el estandarte, símbolo y espejo de las futuras generaciones del deporte de la raqueta en territorio nacional. En la leyenda Manolo Santana.

Con apenas 10 años ‘Manolín’ ya correteaba por los clubes de tenis, ejerciendo como recogepelotas para recaudar un dinero extra con el que ayudar en casa. En el Club de Tenis Velázquez se ganaba seis pesetas que, según el propio Santana, “cuatro eran para mi madre y dos me las guardaba para mí”. Además, su talento con la raqueta no pasó desapercibido para los hermanos Aurora y Álvaro Romero-Girón, dos personas fundamentales en su vida, que se encargaron de costear sus estudios, así como su carrera para permitirle ser el jugador que prometía ser.

El paso de los años fue madurando a un campeón con una trayectoria sin precedentes en el tenis español. Con 20 años consolidó las sospechas de quienes confiaron en su muñeca coronándose en el Campeonato de España en Zaragoza. Fue el primer premio de tantos que alimentaron su extenso palmarés. Pero las victorias nacionales dieron paso a los viajes lejos del país para competir con jugadores que en aquella época marcaban la primera línea mundial como los australianos Rod Laver o Roy Emerson. “No teníamos entrenadores, ni agentes. Jugábamos en serio los partidos, pero después salíamos y quedábamos para tomar cervezas”, reconocen los protagonistas.

La progresión ya parecía no tener límites y en 1961, tan sólo unos días más tarde de cumplir los 23 años, firmó la primera de las dos Copas de los Mosqueteros que levantó en París. Esa misma temporada derrotó al australiano Laver en semifinales por 3-6, 6-2, 4-6, 6-4, 6-0 y al italiano Nicola Pietrangeli en otra intensa batalla a cinco mangas por 4-6, 6-1, 3-6, 6-0, 6-2. Se había consolidado en la élite del tenis ganando a los mejores en los grandes escenarios.

No fue un éxito pasajero. No sólo había sido el primer español en triunfar en la arcilla francesa, tres años más tarde repetiría conquistando en la tierra batida de Roland Garros su segundo Grand Slam. En 1964 protagonizó otro camino épico hacia el título, decantando de su parte la semifinal ante el local Pierre Darmon por 8-6, 6-4, 3-6, 2-6, 6-4 y superando en la última ronda al mismo protagonista que el año anterior, Pietrangeli, por 6-3, 6-1, 4-6, 7-5.

Pero Santana destapó los tabúes que arrastraban sus compatriotas no sólo para jugar lejos del polvo de ladrillo, sino para competir cara a cara con los grandes especialistas del circuito mundial. Después de demostrar su talento sobre el albero, se propuso hacer lo mismo en superficies rápidas y en 1965 dio de lado a su escenario fetiche en París para prepararse a consciencia su juego en hierba, el terreno sobre el que se jugaba en Melbourne, Nueva York y Londres, las otras ciudades donde estaban fijados los Grand Slam.

Un largo viaje a Nueva York de casi 24 horas dejó paso a las pistas de césped de Forest Hill que vieron al madrileño completar un camino de ensueño hacia el título. Antes, en la Copa Davis ya había formado parte de la gran victoria ante Estados Unidos en un año en el que España luchó por primera vez en la historia por la Ensaladera (perdió la final con Australia). En semifinales superó al estadounidense Arthur Ashe, que hoy da nombre a la pista central del US Open, por 2-6, 6-4, 6-2, 6-4 y en una accidentada final por la lluvia al sudafricano Cliff Drysdale por 6-2, 7-9, 7-5, 6-1. En aquel partido empleó hasta diez pares de calcetines para evitar los resbalones sobre el verde antes de recibir el trofeo a manos de Robert Kennedy.

Era la primera vez que un europeo ganaba en Nueva York desde el francés Henri Cochet en 1928. Para entonces Santana ya se había ganado la admiración de sus compatriotas, fuera y dentro del país. Y en la ciudad de los rascacielos vio cómo un grupo de españoles lo sacaban a hombros a ritmo de guitarras y panderetas. Ya ocupaba portadas, pero no era suficiente. Había un reto más que perseguía y que nadie en España había logrado antes: conquistar en Londres la copa dorada de Wimbledon. “Si lo he hecho aquí, también lo puedo hacer allí”, se dijo antes de emprender el rumbo a la ciudad del Támesis.

Y de Estados Unidos a Inglaterra. La catedral del tenis también vio ganar a Manolo Santana. En el All England Lawn Tennis and Croquet Club fue alimentando su propia realidad, dando sentido al trabajo que había hecho durante los años anteriores para demostrar que podía brillar lejos de la tierra batida. Y en 1966 recogió su premio. Tras dos pulsos a cinco mangas en cuartos de final contra Ken Fletcher y en semifinales frente a Owen Davidson, se presentó en el partido por el título. El americano Dennis Ralston era el último peldaño antes de cumplir su sueño. Un 6-4, 11-9, 6-4 dio el cuarto Grand Slam de su carrera al español.

Aquel histórico título dejó una imagen para el recuerdo: Santana recogiendo la copa con el escudo del Real Madrid en su camiseta, algo que había conseguido Santiago Bernabéu el año anterior en Sídney, lugar al que acudió junto a su mujer, Doña María, para comprobar las excelencias de aquel tenista madridista del que hablaban maravillas. Hubo otras instantáneas ocultas como su paseo desde el metro de Southfields hasta el legendario club, cargado con sus tres raquetas antes de jugar la final. O el cheque de 10 libras que recibió como premio para los almacenes deportivos Lillywhites o un reloj Rolex que aún guarda.

El libro de méritos aún guardaba otro capítulo de oro más. En 1968 participó en los Juegos Olímpicos de México, la primera vez se incluía el tenis como deporte de demostración. Y Santana contribuyó al medallero nacional con el máximo metal en la prueba individual, además de la presea de plata junto a Juan Gisbert en la modalidad por parejas. Después de grabar un palmarés de leyenda, ‘Supermanuel’ puso punto final a su carrera en 1980. Pero no a su relación con la raqueta.

La capitanía de la Copa Davis fue su destino antes de tomar las riendas del Mutua Madrid Open para consolidarlo como uno de los torneos más importantes del calendario, en la categoría ATP Masters 1000 y WTA Mandatory. En esta edición, el torneo pretende devolverle el trabajo, implicación y entrega durante tantas temporadas y a partir de 2018 grabará su nombre para siempre como Presidente Honorífico. “El Mutua Madrid Open es y será siempre mi casa. Nos costó muchos esfuerzos sacar adelante este torneo y siempre estaré trabajando para ayudarlo a crecer”. Es la historia de Manolo Santana, es la historia de 80 años de tenis.