Manolo

Antonio Arenas Noticias Mutua

Por Alejandro Ciriza*

En tiempos de narcisismos, frivolidades y egolatrías, de yoísmos, autoexaltaciones y mirarse constantemente a los espejos; de ombligos, vanidades, petulancias y soberbias; de sobreexposición personal, de Instagram, de Twitter, de Facebook y demás herramientas destinadas a masajear el orgullo propio y alimentar el engreimiento; en tiempos de selfies por doquier, de exhibicionismo diario y autoenaltecimiento vacío, de escasa autenticidad y demasiado artificio, valga un nombre propio, dos palabras. El espíritu de un hombre que aporta cordura y normalidad a un entorno en el que el vedettismo pesa como un gigantesco bloque de hormigón. Manolo Santana.

De algún modo, él representa un valioso anclaje con las virtudes del pasado, cuando el deporte era más deporte y sus protagonistas mucho más cercanos, más terrenales, más humildes. Él, Manolo, el chico de Chamberí que se preparó el hato y se recorrió el mundo, que se hizo amigo de los australianos y triunfó en un marco predominantemente anglosajón para situar a España en el mapa deportivo internacional, es un gran ejemplo en medio de estos tiempos de excentricidad mal llevada y entendida, en los que a no pocos veinteañeros les estimula más el dinero y la fama que su apego a la raqueta o la pasión por aquello que teóricamente debería movilizarles.

Él, Manolo, ha puesto el listón en el cielo con una dedicación y una entrega plenas, demostrando día a día un compromiso difícilmente comparable. Él, Manolo, es tenis, deporte, o al menos el deporte genuino, el verdadero, ese en el que no existían tantas injerencias ni barreras comerciales, tantísimos intereses particulares e intrusos. Él, Manolo, es el señor (con todas las letras) que te recibe y te abre la puerta de su despacho, el pionero cercano, el referente al que respetan todas las figuras modernas y es cortejado como un lord en Wimbledon, reconocido en París, Melbourne o Nueva York, poco importa el escenario.

Él supone, sin duda, un extraordinario nexo con lo auténtico. Se ha sabido adaptar a los vaivenes, pero sin perder nunca la esencia, el saludo y el apretón de manos; la buena charla en Madrid o Marbella, un brindis nocturno en Queen’s, la cortesía en el Bois de Boulogne, aquel diálogo con Andrés Gimeno en la Caja Mágica… El sentido del humor permanente o una valiosa opinión siempre para enriquecer un texto. Caballero disponible, cercano, elegante con sus trajes y el piropo en la boca, ya sea por una chaqueta, una camisa o unos zapatos, o porque en un momento dado se cruza una señorita de por medio que tampoco se libra del halago. Siempre al quite Manolo.

Lo conocí hace no tanto, en 2011, pero desde entonces siempre lo he sentido (como creo que así lo sentimos muchos periodistas) como un amigo, alguien mucho más allá del deportista. La persona, por encima de todo. Lo primero. Se puede estar ahí arriba, lugar más que merecido en su caso, pero seguir siendo uno mismo. Auténtico y respetado. Y eso sin Instagram, Twitter ni trending topics, siendo simplemente él mismo, el chico sencillo y respetuoso, con ambición, que partió de Chamberí. Para mí comenzó siendo Santana, pero enseguida se convirtió en Manolo, a secas. Y así lo sigue siendo.

Eres grande, campeón.

*Alejandro Ciriza es periodista de EL PAÍS y se ocupa de cubrir la información tenística.