Murray se queda sin corona

Mutua Madrid Open Tenis masculino

El Duque de Cambridge se llevó las manos a la cabeza en el palco de la pista central. Algunos espectadores lloraron en la grada y otros tantos se marcharon desconsolados de la colina que un día llevó el nombre de Tim Henman, donde los aficionados se reúnen para seguir los partidos con el corazón en un puño. En los cuartos de final de Wimbledon, Grigor Dimitrov despidió 6-1, 7-6 y 6-2 a Andy Murray, el vigente campeón del torneo, y rompió en mil trozos el sueño inglés de ver reinar a uno de los suyos en la catedral de la hierba por segunda temporada consecutiva. Destronado, sin poder defender la corona, el número cinco se tapó la cabeza con una toalla antes de marcharse con el rostro de piedra junto a su oponente y hacer una reverencia ante el príncipe Guillermo y su esposa Kate, que quizás asistieron a un choque de manos entre dos generaciones. A los 23 años y después de mucho tiempo amenazando con irrumpir en lo más alto de la élite, el búlgaro llegó por primera vez a las semifinales de un grande y presentó su candidatura a la copa antes de medirse a Novak Djokovic, que sobrevivió 6-1, 3-6, 6-7, 6-2 y 6-2 al croata Cilic, por estar en la final.

“No ha sido la derrota más dura de mi carrera”, aseguró Murray, que el lunes será número nueve del mundo como consecuencia de haber levantado el título el año pasado y fracasar en el intento de defenderlo. “Wimbledon es un torneo muy difícil de ganar, pero no he tenido mucha presión”, explicó sobre sus sensaciones tras romper hace 12 meses un maleficio que parecía no tener fin (primer tenista local campeón en 77 años desde que Perry ganó en 1936) y presentarse este curso con el firme propósito de volver a conquistar el trofeo. “Estaba jugando a un buen nivel y hoy fue un día malo. Cometí muchos errores no forzados, asumí demasiado riesgo, incluso creo que solo pegué un golpe ganador de revés en todo el partido, lo cual es extraño en esta superficie”, radiografió. “Fue un día duro por todos lados”.

Dimitrov atacó el encuentro con una energía fulminante. Él, que en 2014 había celebrado títulos sobre hierba, tierra y cemento, desnudó una a una las virtudes del número cinco sobre césped, rodeado por un halo de favoritismo tras llegar a cuartos sin un solo rasguño. Desplomado con el segundo servicio (31% de puntos ganados), el búlgaro mordió cada saque de Murray con un marcado instinto asesino. Físicamente inabordable, al chico de Haskovo siempre le acompañaron los golpes de museo que tan famoso le han hecho entre el público y tan temidos son dentro de la caseta en un pulso de sentido único, como una autopista kilométrica.

En cualquier caso, Murray compitió sin ser Murray. De error en error (37 cometió; 52 había sumado en los cuatro encuentros anteriores), dejó la pista lista para que Dimitrov la devorase con sus hambrientas piernas y sus golpes afilados. Esculpido para ser un campeón, el número 13 siempre compitió llevando el peso del duelo. Incluso en el desempate de la segunda manga, donde el británico debería haberse hecho gigante, demostró lo cerca que está ya de encontrar el equilibrio perfecto entre lo que pasa primero por su cabeza y lo que luego hace sobre la pista. Que ya no es un adolescente con posibilidades parece evidente. Que ahora le toca lo más difícil si quiere dejar huella en el futuro (dar el paso para dejar de ser un buen jugador y convertirse en campeón), también.

El principio fue como el final. Los mismos fantasmas que le nublaron la visión en el arranque de partido fueron los que se colgaron de la raqueta de Murray para entregarle el encuentro sobre una bandeja a Dimitrov en el tercer set, cuando con 3-2 cometió una doble falta para dejar a su rival son un abismo como ventaja, al que cayó tras volver a perder el saque, entregando el encuentro y dejando escapar la oportunidad de defender la copa, algo que ningún local consigue desde el propio Perry entre 1935 y 1936.

El británico, que sentó en el banquillo a Mauresmo como recambio de su anterior entrenador, se marchó en cuartos tras ser atropellado en la primera y la tercera manga, con la única opción de discutir la segunda espoleado por el incendio que creó el gentío en las butacas. Para él, se cierra un ciclo negro: después de levantar el título que más persiguió durante toda su carrera, celebró un año de sinsabores donde la espalda le obligó a pasar por el quirófano, Lendl le abandonó y se ahogó en su propia sed de gloria, empachado de éxito tras reinar en Wimbledon.