Roger Federer puede cumplir los 18 en Londres

Mutua Madrid Open Tenis masculino

“Tenía que concentrarme en cada punto” confiesa Federer con respiración agitada y el rostro aún empapado por el esfuerzo. Es un hombre aliviado, capaz de enfriar con calma lo que pudo ser un infierno. En la semifinal de Wimbledon, el partido que entrega la opción de pelear por la copa dorada, controla sin compasión a Milos Raonic (6-4 6-4 6-4), un gigante canadiense con fuego entre los dedos. Es un ejercicio del saber estar que sólo dan los momentos: pedirle experiencia al tenista más laureado de todos los tiempos. Alcanzando su 25ª final de Grand Slam, la novena entre los muros del All England, puso fin a la gran sequía: dos años sin pisar el último partido en un grande, el mayor paso en la sombra desde que comenzó a tocar el cielo.

En mitad del clasicismo que envuelve el evento, una tradición para vivir en directo: nadie ha batido jamás a Roger Federer  en Wimbledon cuando la recompensa es entrar en el séptimo encuentro. Entre eso, rodeado por 15.000 butacas, respira un novato Raonic cuando observa el verde desde el vestuario. “Debo imponer mi servicio” reflexiona Milos la noche anterior, sabiendo que llega al partido con números de respeto: nadie, ningún otro de los 128 que emprendieron en camino permitieron tan poco al resto, porque dominó el 88% de sus primeros tiros y lideró la lista de servicios directos (147). Una garantía en césped, donde se compite con alergia al peloteo.

Inteligencia vence a potencia. Federer lleva jugando finales de Grand Slam desde que Raonic tenía 13 años, una brecha de experiencia que dividió el pulso desde el primer momento. La semifinal, un pulso inerte donde todo pareció automático, porque se vivió en la explosividad de los puntos a tres tiros, es un compendio de inquietudes con Milos como prisionero, incapaz de disfrutar el sabor de una ventaja en todo el encuentro. Su arma más letal, esa que le pintaba como el mortero más duro, resquebrajó al levantar el vuelo. Un challenge erróneo en el primer punto, una derecha al muro y una doble falta, imprevista porque apenas había firmado seis en todo el torneo, fueron paladas de tierra en el cementerio.

Es un Raonic carcomido por los nervios, que encuentra un tipo impasible al otro lado de los nudos. Federer, suelto de piernas como en las mejores tardes, navegó entre cohetes hasta poner en pista el 60% de los restos, mirando a los ojos de Raonic como ningún otro en el torneo. Ahí, en el puñado de puntos que requirieron algo más de coordinación al cuerpo, se hizo grande el suizo, forzando a Milos a través del revés corto cruzado, bajando la pelota para inclinar al gigante contra el suelo. Un arma tan efectiva como inmediata: si Raonic perdió 2 games de servicio en los 17 sets previos, Roger alcanzó esa amenaza en apenas 3 juegos.

“Siempre lo hago, pero hoy especialmente tenía que estar con mucho cuidado con mi servicio” indicó Roger, que marcó el sello en el primer set, entregando apenas cinco puntos y cerrando la brecha de duda desde el primer momento. Cuando apareció la única opción de break entregada en el partido (4-3 30-40). Dos servicios directos y uno que no volvió a pista como argumento. Federer, que volcó hasta el 80% de los restos sobre el revés de Raonic, escapando de una derecha que vuela a puro fuego, pudo contener al canadiense siempre que golpeó primero.

Con la balanza inclinada el encuentro no tuvo historia hasta que Raonic decidió dar paso al pestañeo. Y en las dos mangas restantes la duda surgió sin margen de error como pañuelo. Con 4-4 en el segundo set, la esperanza saltó por los aires con Milos incapaz de situar un primero. Un doble falta y un smash perdido en el fondo fueron sinceras invitaciones. Roger, claro, aprovechó la sangre para abrir en canal el encuentro con dos reveses paralelos.

Después, con una montaña por delante pues sólo una vez perdonó Federer tras sellar en Londres los dos primeros, otra bomba en el propio suelo. De nuevo con 4-4, otra vez sin red en caso de perder el vuelo, Raonic volvió a despedazar el esquema con Federer como testigo. Una derecha al muro, un revés cortado que murió en los nudos y otro drive golpeado con el marco sirvieron al suizo un puente de plata. Raonic se quemó en un pulso eléctrico, pestañeando varias veces en un partido que no permitía cerrar los ojos.

“He competido con algo de presión porque no jugué muy bien el año pasado” reconoce el suizo, sentenciado en segunda ronda en 2013, la caída más prematura desde en una década, pero con la persistencia necesaria para recuperar un golpe durísimo y volver a la cima un año después con uno de los registros más potentes de siempre, entregando apenas un set y presentando una sola herida en el servicio. “Los últimos dos partidos no fueron sencillos fáciles pero los he sacado adelante” reconoce sobre los cuartos de final, donde evitó el drama ante Wawrinka porque dos mangas de desventaja, y una semifinal con espinas, una instancia no superada en los últimos dos años.

Ahora busca marcar lo que nadie ha pisado. Subrayar la inmortalidad cuando ya se es eterno. Pelear por la octava copa dorada sería romper la igualdad con Sampras y Renshaw, los otros heptacampeones, y figurar solo en la cima del grande más prestigioso de todos. También, estirar una marca de leyenda hasta sumar 18 majors, dilatando la brecha con el resto en la colección de grandes levantados. Delante el primer favorito, Novak, con el que solo se midió en una final grande, la primera del serbio, en el US Open 2007. “Espero ese partido con Djokovic” . La última vez que Roger peleó por la copa dorada lo hizo para ascender al número 1. Esa opción, precisamente esa, intentará quitarle a al serbio de las manos. “Significaría mucho para mí este título” indicó Roger, que se convirtió en el tenista más veterano en firmar la final de un major desde Andre Agassi en el US Open 2005. En pie y con decisión, dispuesto a ganar un Grand Slam a las puertas de los 33, algo sólo visto una vez (Agassi – Australia 2003) en los últimos 40 años. “Sé que no me quedan 10 y éste he venido ha disfrutarlo”.