Privilegiado yo

Antonio Arenas Noticias Mutua

*Por Alejandro Ciriza

Imagínense la escena, localizada en la calle Serrano de Madrid. Un portalón divide dos estancias dentro de un palacete; a un lado, ajetreo constante, el ir y venir de bandejas de champán y gente, mucha gente, de todo tipo y condición: empresarios, artistas, algún que otro exdeportista y un nutrido grupo de faranduleros; al otro, todo lo contrario. Quietud máxima, silencio, paz. Apenas un par de personas en la sala, un inmenso salón barroco que al cruzarlo desemboca en un galán impecablemente trajeado, raya a un lado y formas exquisitas, con un discurso comedido y delicioso. Un tal Roger Federer.

FE-DE-RER. Así, con todas las letras, ni más ni menos. Uno de los grandes. Es lo que tiene esta profesión, que en medio del maremágnum diario, de aperturas, cierres y ediciones, de la prisa como compañera de viaje, también brinda un puñado de momentos extraordinarios, a los que solo unos pocos privilegiados pueden acceder. Un servidor, afortunado yo, es uno de ellos. La entrevista con Roger, aquellos casi 20 minutos de cinta, fueron probablemente una de las mejores formas de empezar como responsable tenístico del medio para el que escribo, EL PAÍS.

Aquel día me sentía más o menos como ese canterano al que le asignan un dorsal y le conceden minutos en un partido de máxima trascendencia. Ilusión, muchas ganas y la tensión lógica. Fue el estreno, el debut, aunque en realidad la historia venía ya un poco de lejos. Dos años antes ya había tenido la oportunidad de conocer las entrañas del Masters de Madrid, pero no como titular de la información. Esta vez, por primera vez, era yo el que tenía el privilegio de experimentar en primera línea de fuego qué supone este torneo y todo lo que mueve durante esos 10 días frenéticos de tenis de altos quilates.

Porque, tener a la puerta de casa un evento de este calibre, en un marco como el de la Caja Mágica, es simplemente eso, todo un privilegio. Así que la historia comenzó con Federer, pero todo lo que vino después no fue de menos. El encuentro con Carla Suárez, Carlita y la excepcionalidad de su juego; aquellas primeras reflexiones con David Ferrer, un tipo al que merece la pena escucharle, no cabe duda; el seguimiento milimétrico a Rafael Nadal, el gran tótem; los ratos compartidos con el grandísimo Don Manolo Santana y tantas otras historias que transcurren entre bambalinas. Insisto, afortunado yo.

Durante esos días abrí muy bien los ojos y viví todo a flor de piel. Descubrí, también, que a pesar de su inmensidad, la Caja Mágica puede convertirse en un hogar cálido, o que en la sala de prensa se forma un pequeño Gran Hermano y que el personal del torneo siempre está ahí para echarte una mano o lo que haga falta. Nunca es sencillo hablar de una primera vez, sea cual sea el contexto o la circunstancia, porque seguramente todo se hiperboliza, ya sea por exceso, defecto o por mera ignorancia. Pero, sin duda alguna, mereció la pena. Vaya que sí mereció la pena. Y lo que viene por delante… Privilegiado yo.

*Alejandro Ciriza es periodista de EL PAÍS. Cubre el tenis y ha estado presente en Roland Garros, Wimbledon, la Copa de Maestras de Singapur y la Copa de Maestros de Londres. Además, ha cubierto distintas ediciones del Mutua Madrid Open.