Solos contra todo

Antonio Arenas Noticias Mutua

El molinillo de un diente de león revolotea cerca de Rafael Nadal, que se sienta meditabundo en su banquillo. El español está jugando las semifinales del Abierto de Australia de 2009. Enfrente tiene a Fernando Verdasco. Durante 5h14m, los dos intercambian golpes como puñetazos, se muerden, se pegan y se empujan hasta el límite. Cuando el partido llega a su punto álgido, los dos rivales buscan razones para creer; argumentos para convencerse de que la victoria es posible; compañía en la soledad de la pista para enfrentarse a los demonios que les susurran en su cabeza que ese día toca derrota. Al ver ese diente de león bamboleándose en el aire, Nadal extiende el brazo y lo encierra en su puño igual que si tuviera un tesoro. Cierra los ojos con fuerza. Y pide un deseo. Sobrevivir. Ganar. Llegar a la final.

El tenis es la quintaesencia del deporte individual. Eso enfrenta a los competidores a la terrible realidad de ganar y perder solos. Sin ayudas. Obligados a mirar a los ojos a sus miedos, los mejores competidores desarrollan técnicas con las que escapar a la presión o minimizar el vértigo ante un marcador adverso. No es algo fácil.

“El tenis es el más solitario de los deportes”, reflexionaba Andre Agassi, ganador de ocho grandes, en su libro Open y en las entrevistas que le siguieron. “En el golf, te enfrentas al campo, te acompaña un caddie y la partida se termina tras 18 hoyos”, seguía. “En el boxeo, tienes a tu entrenador en la esquina y se combate durante un número fijo de rondas”, continuaba. “En el tenis, estás en una isla y sin reloj (…) Es el deporte más solitario que existe. Estás ahí fuera, no puedes hablar con nadie, no puedes pasarle la pelota a un compañero y no hay tiempos muertos”, recordaba. “El entrenador no puede aconsejarte”, subrayaba. “Jugar al tenis es como si te encierran en la celda de aislamiento. ¿Y a qué lleva eso? A hablar con uno mismo”.

Si la pista es una isla, el tenis está lleno de náufragos. Serena Williams, dos veces coronada en Madrid y 23 veces campeona de títulos grandes, reza mientras compite. Andy Murray, que levantó el título de la capital en 2015, chilla, grita y escupe venablos en dirección a su banquillo, que le observa en silencio. Y Tommy Haas, que llegó a ser el número dos mundial y medallista olímpico, aún deja por las pistas algunas de sus famosas conversaciones consigo mismo, de Tommy a Tommy, intentando explicarse qué hace ahí, sufriendo, perdiendo e intentando remontar.

“Demasiado débil, demasiado débil, así no puedes ganar”, se decía a sí mismo Haas durante un partido contra Nikolay Davydenko, también del Abierto de Australia. “¿Por qué hago esto? ¿Por qué juego? ¿Por qué? ¿Por qué razón?”, se preguntaba. “¡No puedo hacerlo! ¡No lo entiendo! ¡Compito para nada!”, se acusaba. “¡Imbécil!”, se insultaba. Y de repente, como si ese terrible diálogo hubiera activado algo, Haas se levantaba de la silla convertido en un hombre nuevo: “Pero vas a ganar. ¡Vas a ganar este partido! ¡No puedes perder! ¡Lucha! ¡Lucha!”. Y ganó. La única victoria del alemán contra el ruso en cinco enfrentamientos.

Incomunicados con el exterior, los tenistas buscan cómo calmar los nervios y alimentar la esperanza. Unos hablan consigo mismos. Otros, como David Ferrer, muerden la toalla. Los menos buscan señales igual que el oráculo buscaba pájaros. Nadal encontró aquel diente de león flotando por Melbourne. Cerró los ojos. Pidió un deseo. Ganó a Verdasco. Llegó a la final. Tumbó a Roger Federer. Campeón en Australia. Conquistador del título y domador de sus propios fantasmas.

*Juan José Mateo cubrió desde 2007 hasta 2015 los torneos más importantes del circuito tenístico para EL PAÍS, formó parte de la ITWA (International Tennis Writers Association) y recibió el premio Ron Bookman de la ATP